La única vez que soñé a Monsiváis fue hace varios meses. En mi sueño, yo aún era estudiante y a mis compañeros y a mí nos obligaban a hacer algo como un servicio social al que no le veía ningún sentido. Íbamos en un maltrecho camión escolar y, según recuerdo, era la única que renegaba de su suerte. Nos dirigíamos a un pueblo que existía adentro de un penal. Se suponía que ayudaríamos a sus habitantes llevándoles cultura. Todos mis compañeros iban emocionados por la nueva aventura mientras yo, empecinada y terca, alegaba que de qué servía llevar cultura y libros a gente que lo que tenía era hambre.
Un señor sentado junto a mí empezó a hablar de que el conocimiento satisface hambres que, una vez cubiertas, ayudan a satisfacer las demás. Comenzó a decirme que aquellos que saben pueden adquirir sensibilidades que permitirían hacer de este país un lugar mejor, que si todos los hombres y mujeres de este país supieran leer y ejercieran ese derecho como un valorado privilegio, nuestro país renacería. Yo escuchaba incrédula, sumisa: la niebla se había disipado y quien me hablaba de la esperanza en México era Carlos Monsiváis. Yo estaba callada, asintiendo a todo, apenada por mis alegatos anteriores.
Cuando todos bajamos del camión la gente del lugar estaba expectante. Centré mi atención en un niño que había sacado a la banqueta su sillita, escéptico a lo que pudiéramos ofrecerle pero a la vez, atento. Era un niño que, mientras esperaba a que comenzáramos, devoraba un libro con una avidez increíble para su edad. Quizá uno de los libros que nosotros le habíamos llevado. Me acerqué curiosa para saber qué leía pero no alcancé a ver. El niño solamente levantó la vista y me dijo: “A mí me gusta juntarme con sicarios, porque ellos me cuidan. Un día yo también voy a aprender a matar”. No podría describir la desesperanza que me habitó a partir de ese momento.
No volví a ver a Monsiváis. Ninguno de nosotros volverá a verlo, a menos que sea en sueños. Una de las voces más importantes se ha extinto, y no hay manera de sustituirla con ninguna otra. De la esperanza en el país, no sé. Para que exista la mayoría de nosotros tendría que cuestionar, saber, aprender más de lo requerido, compartir lo aprendido. Para que en este país haya esperanza, tendría que haber muchos Monsiváis.
Hay gente que es espacio, y hay espacios indispensables para poder vivir, como algunas personas. En el mapa de México, justo en el corazón, hay un hueco: ha desaparecido Carlos Monsiváis.
domingo, julio 18, 2010
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1 comentarios:
Me gusta la parte de espacios...todos somos materia en el espacio o espacio en la materia que quiere ser llenado con algo, unos con cosas, otros con comida, otros con cultura y ahora en estos tiempos de in.seguridad con seguridad...y pensar que la seguridad nace de uno, de adentro...
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