miércoles, noviembre 02, 2005

La belleza (cuento mío)

Es que ella estaba tan necesitada de cariño y de belleza. Una chica en el metro la miraba insistentemente, con curiosidad. En cuanto ella se sabía observada, la chica se volteaba hacia otro lado. Quiere que yo la mire, pensó ella, y la miró. Estaba tan necesitada de belleza y esa chica realmente era hermosa: delgada, de rasgos muy finos (como los de ella), nariz finita, boca pequeña, cejas oscurísimas delgadas y abundantes, un piercing en la ceja izquierda y cabello muy lacio. Quiere que yo la mire y que la reconozca hermosa.

Lo de la mudanza al DF sonaba muy bien. Desde que tenía ocho años ella soñaba con volver a vivir con papá, y lo de la beca de Efrén en esta ciudad llegaba como regalo del cielo. Pero papá la quería para que le cuidara el departamento porque él tenía muchos viajes de negocios, y Efrén últimamente se había tenido que dedicar tanto a la escuela que ya ni siquiera quería que ella fuera a verlo ahí cuando él salía de clases. Antes era distinto, cuando Efrén tenía mucha tarea y no podían verse, le llamaba por teléfono suplicándole que fuera a verlo a la escuela. Ella lo veía minutos antes de que entrara a clases, y lo esperaba sentada en una banca frente a su salón, leyendo. Efrén se sentaba junto a la ventana, y la miraba durante la clase. La miraba, cuando ella se recargaba en la banca porque se cansaba de la misma posición, cuando doblaba una pierna o la otra, cuando se paraba y daba unos pasitos por ahí, sin poner nunca cara de fastidio, esperando.
Y ella quería mirar también. Estaba tan necesitada de belleza, pero a donde volteara, todo era suciedad y miseria. Los niños tirados en la calle como si fueran un bulto más de basura le ensombrecían el poco ánimo que le quedaba. Más que algún afán estético, ella asociaba la fealdad con la tristeza y la desgracia. Se sorprendía mucho al principio por tanta pobreza, y no faltaba quién le contestara que ahora que vivía en la ciudad debía acostumbrarse. La ciudad. Eso le sonaba tan estúpido. Ella toda su vida había vivido en ciudad. Pero nunca había vivido en una tan sucia, ni tan fea.

No hablaba con nadie. Hacía semanas que no veía a Efrén, papá tenía un mes que no se paraba por la casa. Y ella se sentía tan sola. Quería que esa chica se la llevara con ella. Ojos grandes, bellos, los de esa chica que fingía leer y cuando ella también fingía hacerlo, volteaba a mirarla.
La casa sin papá la ahogaba, por eso se animaba a salir a la calle. Por eso y porque ya se sentía segura en cualquier lado. Sola, sin intentar buscar a Efrén, porque Efrén le había pedido que dejara de verlo algunos días (los exámenes, tantas tareas atrasadas, más exámenes, los trabajos finales). Faltaba todavía un mes para el inicio de clases de ella, y trataba de conocer un poco la ciudad, buscaba algo hermoso porque ya podía caminar por donde ella quisiera.

―¿Cómo estás?
―Muy mal, esta ciudad apesta, y no te lo digo como metáfora.
―Güey, siempre te estás quejando.
―Antes nunca me habías dicho güey.
Ella tenía tanta necesidad de belleza, de que Efrén la quisiera, porque esa claridad de sus ojos enamorados no tenía comparación, pero esos ojos se habían apagado, y ella ya no sabía qué quedaba de ellos después de tantos días sin verse. Hasta le había resultado extraño que él le contestara la llamada, que él le preguntara como estaba, porque hacía mucho no lo hacía ni como mero cumplido. Tanta necesidad de belleza, porque él era alto, porque él era bello, porque él tenía el cabello más largo aún que ella, y la piel blanca, y las bocas de ambos eran casi idénticas, tanto que muchas veces les habían preguntado si eran hermanos. Las bocas de ambos coincidían perfectamente, se reconocían, se encontraban perfectas la una en la otra. Y por eso sus bocas se entendían mucho mejor de lo que lo hacían ellos dos.
Y la boca de esa chica también era pequeña, como la suya, como la de Efrén.

Ella caminaba de prisa por los pasillos del metro, con la música del discman reventándole los oídos. Cómo gritaba esa mujer del disco y ella querría gritar así. Pero ella no gritaba. No se atrevería a incomodar a nadie porque sus gritos resultarían muy agudos y en esa ciudad hay muy poco espacio por persona.
Un hombre desgastado y con una guitarra la miró a los ojos y siguió cantando: Entre la cirrosis y la sobredosis andas siempre muñeca, ella lo escuchó a pesar de su propia música. Pero ella no se emborrachaba ni tampoco se drogaba. Con tu sucia camisa, y en lugar de sonrisa una especie de mueca, la miraba como si le cantara a ella, pero ella lucía impecable y con ropa tan a la moda que sobresalía. No te vistas así, siempre le recriminaba su papá, aquí así no se usa, te van a encuerar en la calle, pero ella no iba a bajar su calidad de vida.
Ella seguía de prisa, por ese laberinto infinito y alguien le pidió un cigarro. Pero ella no fumaba.
Ella caminaba de prisa. Tan hermosa, y tan necesitada de belleza. Estaba en una estación donde no planeaba bajar, donde le había dicho Efrén que nunca bajara porque era peligrosa, pero desde hacía días ella se sentía segura en cualquier lado, a cualquier hora. La chica se había bajado y ella la hubiera seguido por los pasillos del metro, las escaleras, algunas cuadras, para no buscar ningún acercamiento, para no alcanzarla, para nada, para mirarla un rato más, porque en esa ciudad la belleza era escasa.
Pero no la seguía. Caminaba apresurada con el rostro impasible y el alma agitada, anhelante. Parecía ajena a lo que sucedía, pero en realidad estaba atenta a todo. Ella vio quién tocó a la chica cuando quiso bajar del vagón. Ella vio la cara de asco de la chica, la sensación de repudio, de humillación tantas veces repetida. Por eso bajó ahí, donde le dijo Efrén que nunca lo hiciera.
Caminaba de prisa. Vendedores, mujeres, niños, hombres con cara de lujuria, y ella que no dejaba de asociar la fealdad con la miseria y la miseria con la desgracia.
Feo ese cuello sucio del uniformado de azul. Horrendo policía que había tocado a la chica. Y la chica apretujada en el vagón al voltear y ver a un policía le había dicho apenas Poli… y no completó ninguna frase, porque el policía le había contestado relamiéndose los labios: ¿Qué pasó, mamacita?
Y al fin pudo salir la chica, y se había alejando corriendo, asqueada. Y ella también había bajado, porque iba mirando la espalda del policía, porque iba buscando belleza. Y en su nuca sólo miraba suciedad y sudor. Su nuca tostada por el sol y embarrada de quién sabe cuántas inmundicias. Y de su nuca explotó una rosa de miles de pétalos húmedos. Rosa de pétalos perfectos. Redondos y luego alargados, que luego en el suelo se buscaron para volver a unirse. Una centésima de segundo le duró la visión de lo bello, pero había valido la pena. Ella no podía detenerse, ni seguir mirando. Los que habían visto estaban aturdidos, se irían y los que quedaran dirían no haber visto nada.
Es que ella sabía que ya estaba segura en esa ciudad. Es que ella estaba tan necesitada de belleza.

7 comentarios:

Orfa dijo...

"Tendría que llorar, o salir a matar", sería el epígrafe ideal, verso de Fito Páez, sino fuera porque haría predecible al cuento. En fin, "Tendría que llorar, o salir a matar".

María Montelongo dijo...

La búsqueda de la belleza es otro tema que nos tiene fijos en este eje vivo. La belleza como el equilibrio, más bien, para establecerlo. Bellezas Orfiásticas para ti ratita.

Orfa dijo...

Bella: acabo de escribirle a alguien sobre ti: "...Bella y yo, brincando porque era música electrónica, y luego le metieron un poquito de hip hop. Había ido, caprichosa como siempre, con cara de fastidio, pero ahí se le había quitado. Con el juego de luces yo la veía fragmentada, todo se oscurecía y cuando volvía a mirarla estaba sonriente y radiante. Yo cerraba los ojos y me olvidaba de ella. Y por dentro también me sentía sonriente y radiante, perfecta."
Siempre desdeñé la función de la belleza, considerándola inútil, grata pero nada práctica. Qué tonta. En Monterrey yo estaba rodeada de belleza y nunca la valoré. Pensé que la belleza existía en todos lados, al menos en este país, y ahora realmente me hace falta.
Confieso que esa necesidad de belleza de mi cuento no es más que la mía, y que el cuento se me ocurrió al ir caminando detrás de un policía y mirándole la nuca.
Ya nos encontraremos, Bella, en Monterrey. Mientras tanto, que te sea concedido todo lo que encierras en el concepto de belleza (ese tan propio de ti): honestidad, confianza, bondad, justicia y verdad.
Te quiero mucho, ratita bella.

Gabriela Zayas dijo...

Querida Orfa, hace días que vengo a ver tu cuento sin decidirme a leerlo, porque andaba en medio de la semana y del final de la semana con prisas y cosas y yo sabía que tu cuento me pedía otra cosa, así que venía y lo veía y no me atrevía a entrar en él.
Hy lo he leído y te he visto, Orfita ¿y te digo una cosa? Te he visto caminando por esa ciudad en busca de la belleza. Yo creo que esa ciudad es bella a pesar de sus miserias, y es quizá por eso que resulta una belleza tan esquiva. Porque la belleza y la muerte ahí se dan la mano, la mugre y la injusticia se dan la mano, el dolor y la crecaión se dan la mano y ya le vas a coger un día la belleza. La belleza es impura. Un abrazo desde acá, muy fuerte y un apapacho.

Orfa dijo...

Gaby: sí, encontraré la belleza. Mamá me dice que me la paso quejándome tanto de esta ciudad que terminaré enamorada de ella. Tengo que admitir que uno o dos segundos me he preguntado cómo podría yo vivir sin esta ciudad (los 6 meses restantes, me la he pasado preguntándome cómo vine a caer aquí). Quién sabe. Tal vez algún día le agarre cariño al terruno.
Te quiero mucho, Gaby. Gracias por tu apoyo y cariño, que me hace mucha falta.

Gabriela Zayas dijo...

Te entiendo bien. Aunque nací en el D.F., al volver desde España siempre me he sentido allá a un mismo tiempo extranjera y nativa. Me han chocado muchas cosas, pero otras, otras parecen existir como un milagro. Alguna gente, los árboles, los mercados. En Atenas respiré ese mismo aire, Orfa, no te lo vas a creer. Aire de corrupción y de creación inigualable. Las paradojas de lo que está vivo.
Un beso, mi niña, un beso muy apretado.

La pausa inútil dijo...

ojalá pudiera decir algo para defender la belleza de mi ciudad. pero si la verdad es absoluta y la belleza relativa... qué pasa con la frase: es verdad, esta ciudad no es bella. Qué belleza, esta ciudad es de verdad. que encuentres pronto la belleza (a lo que sea que te refieras). ciao.